Cirugía
felicidades
Abrió un cajón de la mesilla, un cajón pequeño con hechuras de caja de cerillas, y allí se hacinaban los escalpelos, uno junto a otro en fila militar y a la vez íntima sobre una pieza de terciopelo. Al coger el más pequeño, brilló en el filo el reflejo rojo de sus uñas pintadas. Cerró el cajón, dejé de tener un primer plano de su espalda y cuando volví a enfocar eran sus ojos los que completaban el cuadro.
Pero esto fue, casi, el final, y las historias se cuentan por el principio.
Nos habíamos conocido en el campo. En un campo de maíz, para ser exactos, que de tan alto sólo nos dejó conocernos de cintura para arriba. Así que en vez de follar hablamos y hablamos mientras buscábamos la salida. De la dieta vegetariana, de la vida extraterrestre, de las cosquillas del maíz en las partes íntimas, sin saber ella si yo era un centauro varado; sin saber yo si ella una sirena que había encontrado unas ruedas en algún desguace de las afueras.
Era una sirena, es cierto, pero eso no lo descubrí hasta que me cantó al oído, porque al salir del maizal tenía unas piernas preciosas. Eso le dije. Tienes unas piernas preciosas, joder. Sonrió. Se largó. No te vayas, no quiero perderte de vista, joder. Yo llevaba mucho tiempo en el campo y era muy dado a los tacos, y aparte de eso estaba gordo y blando y no pude correr detrás de ella más que como si fuera un fondista con demasiados hijastros. Me ganó la carrera, y se me quedaron las palabras a hacerle compañía a los vientos.
En las noticias llenaron esos días los titulares locales los hombres de la cabeza a medias. Hombres que salían de pesca, o de caza, y tardaban días en volver y cuando lo hacían aparecían en el centro de la plaza del pueblo convertidos en charlatanes de crecepelo. Hablaban de poesía y clamaban en francés, y deliraban sobre el infierno y sobre las llamas que les habían perseguido.
Tenían la cabeza abierta al medio. Su cabeza parecía una sandía un veinte de julio. Lo juro.
***
Lo sacó con delicadeza. Tenía que ser su favorito, porque le había incrustado, a la altura por la que lo sujetaba, tres asteriscos rojos con forma de estrella.
Todavía no.
***
Todavía no.
***
Luego en la gran ciudad yo miraba para arriba, siempre miraba a lo alto porque me gustaban las copas de los edificios. Imaginaba la nieve allí. La nieve siempre está arriba. Además la gente de los áticos tiene dinero suficiente para comprársela. Por eso la encontré de nuevo, porque había salido un cuerpo de uno de ellos y la gravedad hacía que se dirigiera hacia mí rápido, muy rápido. Chocó contra la acera con estruendo, pero antes de hacerlo pude ver la cicatriz que le surcaba, de medio a medio, la región central del cráneo. Si hubiera sido un mapamundi, el ecuador hubiera estado cubierto de sangre.
Daba igual, de todos modos. Ya me lo imaginaba. Las noticias de mañana habían vomitado con estrépito que la bolsa había caído en desgracia cuando los agentes de las principales agencias habían resbalado con sus sesos. Todos tenían la cabeza abierta, después de haber pasado la noche anterior en un bar de strip-tease de la capital. Para colmo, el edificio había terminado quemándose desde los cimientos hasta la cumbre.
Yo estuve con ella aquella noche, después de las seis. En la ciudad grande llaman a eso mañana, porque se despereza el subterráneo y hay un montón de gente que dice que va a trabajar. No se puede trabajar a las seis de la mañana, es mentira. Como no se puede llamar mañana al tiempo que nos vio antes de amanecer, y que provocó que saliera el sol como sale una bomba atómica de su contacto con la superficie terrestre.
***
Todavía no, seguía diciendo sin embargo. No sabía que tenía tanto rojo dentro hasta que no me rozó con la yema de los dedos.
Su habitación era el resumen de la feria. Le venía muy bien a alguien que era lo más parecido al premio grande de la tómbola, pero sin gitanos y sin tierra en las suelas de los zapatos y sin azúcar. Con sal y pimienta, quizá, pimienta de 90 grados centígrados cuando se colaba por la nariz y picaba en el fondo del estómago.
Abrió un cajón de la mesilla, que ya conoces del primer párrafo.
***
Ahora le cuido las sábanas mientras escribo esto. Todo aquí arriba tiene sentido. Es fascinante ver desde lejos la cabeza abierta de la población y que el viento te peine las palabras mientras tienes la seguridad de que lo mejor está por llegar.
He abierto un cajón grande de la cocina, con hechuras de quirófano, y lo he llenado de mis cerillas.
Abrió un cajón de la mesilla, un cajón pequeño con hechuras de caja de cerillas, y allí se hacinaban los escalpelos, uno junto a otro en fila militar y a la vez íntima sobre una pieza de terciopelo. Al coger el más pequeño, brilló en el filo el reflejo rojo de sus uñas pintadas. Cerró el cajón, dejé de tener un primer plano de su espalda y cuando volví a enfocar eran sus ojos los que completaban el cuadro.
Pero esto fue, casi, el final, y las historias se cuentan por el principio.
Nos habíamos conocido en el campo. En un campo de maíz, para ser exactos, que de tan alto sólo nos dejó conocernos de cintura para arriba. Así que en vez de follar hablamos y hablamos mientras buscábamos la salida. De la dieta vegetariana, de la vida extraterrestre, de las cosquillas del maíz en las partes íntimas, sin saber ella si yo era un centauro varado; sin saber yo si ella una sirena que había encontrado unas ruedas en algún desguace de las afueras.
Era una sirena, es cierto, pero eso no lo descubrí hasta que me cantó al oído, porque al salir del maizal tenía unas piernas preciosas. Eso le dije. Tienes unas piernas preciosas, joder. Sonrió. Se largó. No te vayas, no quiero perderte de vista, joder. Yo llevaba mucho tiempo en el campo y era muy dado a los tacos, y aparte de eso estaba gordo y blando y no pude correr detrás de ella más que como si fuera un fondista con demasiados hijastros. Me ganó la carrera, y se me quedaron las palabras a hacerle compañía a los vientos.
En las noticias llenaron esos días los titulares locales los hombres de la cabeza a medias. Hombres que salían de pesca, o de caza, y tardaban días en volver y cuando lo hacían aparecían en el centro de la plaza del pueblo convertidos en charlatanes de crecepelo. Hablaban de poesía y clamaban en francés, y deliraban sobre el infierno y sobre las llamas que les habían perseguido.
Tenían la cabeza abierta al medio. Su cabeza parecía una sandía un veinte de julio. Lo juro.
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Lo sacó con delicadeza. Tenía que ser su favorito, porque le había incrustado, a la altura por la que lo sujetaba, tres asteriscos rojos con forma de estrella.
Todavía no.
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Todavía no.
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Luego en la gran ciudad yo miraba para arriba, siempre miraba a lo alto porque me gustaban las copas de los edificios. Imaginaba la nieve allí. La nieve siempre está arriba. Además la gente de los áticos tiene dinero suficiente para comprársela. Por eso la encontré de nuevo, porque había salido un cuerpo de uno de ellos y la gravedad hacía que se dirigiera hacia mí rápido, muy rápido. Chocó contra la acera con estruendo, pero antes de hacerlo pude ver la cicatriz que le surcaba, de medio a medio, la región central del cráneo. Si hubiera sido un mapamundi, el ecuador hubiera estado cubierto de sangre.
Daba igual, de todos modos. Ya me lo imaginaba. Las noticias de mañana habían vomitado con estrépito que la bolsa había caído en desgracia cuando los agentes de las principales agencias habían resbalado con sus sesos. Todos tenían la cabeza abierta, después de haber pasado la noche anterior en un bar de strip-tease de la capital. Para colmo, el edificio había terminado quemándose desde los cimientos hasta la cumbre.
Yo estuve con ella aquella noche, después de las seis. En la ciudad grande llaman a eso mañana, porque se despereza el subterráneo y hay un montón de gente que dice que va a trabajar. No se puede trabajar a las seis de la mañana, es mentira. Como no se puede llamar mañana al tiempo que nos vio antes de amanecer, y que provocó que saliera el sol como sale una bomba atómica de su contacto con la superficie terrestre.
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Todavía no, seguía diciendo sin embargo. No sabía que tenía tanto rojo dentro hasta que no me rozó con la yema de los dedos.
Su habitación era el resumen de la feria. Le venía muy bien a alguien que era lo más parecido al premio grande de la tómbola, pero sin gitanos y sin tierra en las suelas de los zapatos y sin azúcar. Con sal y pimienta, quizá, pimienta de 90 grados centígrados cuando se colaba por la nariz y picaba en el fondo del estómago.
Abrió un cajón de la mesilla, que ya conoces del primer párrafo.
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Ahora le cuido las sábanas mientras escribo esto. Todo aquí arriba tiene sentido. Es fascinante ver desde lejos la cabeza abierta de la población y que el viento te peine las palabras mientras tienes la seguridad de que lo mejor está por llegar.
He abierto un cajón grande de la cocina, con hechuras de quirófano, y lo he llenado de mis cerillas.
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